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  1. Arcobaleno

    lunes, 13 de marzo de 2017

    CAPÍTULO 1

    Hoy después de varios días de tensión y de una última discusión, donde no hubo más que dardos dañinos. Decidí irme, sin decir adiós ¿Cuál sería la diferencia en decirlo? tendría que ver más lágrimas, lamentos, gritos y a la vez súplicas de no hacerlo.

    Siendo sincera, nunca entenderían la necesidad más pura y genuina de irme sin decir adiós. No es maldad, no quiero que me busquen, no busco aparecer en primera plana de todos los días con titulares tan estúpidos y surrealistas. Sólo busco desaparecer.

    Así que tomé mi pequeña mochila marrón, guarde todo aquello necesario a mi criterio y pecaría de mentirosa si digo que aquellas cosas escogidas eran insignificantes para mí. Una billetera vieja compañera de aventuras, un par de audífonos con los auriculares a punto de malograrse; un peine ya que estoy obsesionada con mi pelo ¡eh! nunca negué ser un tanto vanidosa. El reloj de cuero marrón deteriorado que nunca deja mi muñeca izquierda y una pulsera de perlas falsas en la otra muñeca. Ah, creo que me olvidaba de aquellos dos anillos descoloridos que adquirí en un mercado de pulgas. En cuanto a mi vestimenta, escogí aquellos últimos zapatos marrones comprados que poseían una suela tan nueva, que serían útiles para el viaje próximo a emprender; combinando con esos zapatos llevaba puesto un jean negro y una simple blusa, sin chompa, sin nada más.

    Tomé mis llaves girando la cerradura de la puerta, y suplique que sea la última vez que esté ahí. Caminé cuesta abajo, sin mirar a nadie directamente a los ojos, sin voltear ni una sola vez para memorizar la fachada de aquella casa. Caminé como siempre suelo hacerlo, sin preocupaciones. Crucé la penúltima calle que me llevaría a mi destino con el semáforo aún en rojo y con el grito sofocante del conductor, diciéndome ¿No ves que están en rojo? Me reí de incredulidad ante el grito de aquel lejano hombre. ¿Acaso le preocupaba mi vida? o ¿Acaso estaba preocupado por terminar en la cárcel?

    Entre pasos y pasos, llegué al otro extremo acompañada de un chico de cabello rizado oscuro, mochila negra, y unas converses desgastadas. Cruzamos al mismo tiempo, entre autos que no frenarían ante nuestra presencia, sin embargo no estábamos preocupados, tal vez ¿Porque él estaba llegando tarde algún evento?, o tal vez ¿porque yo buscaba la muerte? No lo sé, no es algo que pueda decir, así como tampoco puedo decir que él era tan diferente a mí, o parecido.  Estuvimos de pie en un paradero no autorizado, porqué así es la criollada peruana, buscamos cambios, progresos, pero, somos los mismos seres defectuosos que arriesgan sus vidas, no respetan el orden ni la autoridad. Una coaster blanca con líneas turquesas paro, ambos subimos, no sentamos próximos, no obstante cada uno se perdió en su mundo. Sentada en un asiento solitario al lado de la ventana, rogaba que el cobrador aún no pasará pidiendo los pasajes, quería que Dios me iluminará para así no pagar.

    Mientras escribo todo esto la coaster no deja de estar en movimiento, toma un pequeño atajo para no estar metido horas de horas en ese tráfico infernal que es un pan de cada día de esta ciudad. Pasa entre calles desconocidas para mí, calles peligrosas, sin embargo, todo eso no me importa, porque el sol sigue iluminándome, logrando que mi cabello brille en un tono tan claro y nutritivo, haciendo que me sienta dichosa y deseando nunca pararme de este asiento.

    Oigo murmullos, risas, y pequeñas conversaciones de todos los que se encuentran en el mismo lugar que yo, es un mix de todo, un mix de nuestro país.

    La mujer que se encuentra más próxima lleva desde hace unos minutos una conversación, el tono de su voz es tan cambiante, tan acongojado e incómodo, que a pesar de no girar el rostro totalmente para observar y oír mejor, la oigo

    “No. Es lo primero que dice. Le había comentado algo, pero no entiendo a qué se refiere exactamente. Su respiración deja de ser tan pausada. Mira yo no lo he criticado. No, no, no. Repite cada vez más tratando sonar lo más clara. Sabes no vamos a llegar a ningún lado, claro que no. Para ti, el nunca hace nada, lo mejor es hablar luego.”

    Veo a la mujer recostar su rostro sobre el asiento delantero, y no sé qué es aquello que debería hacer o sentir. ¿Siento pena? ¿Siento indiferencia? o ¿No siento nada? es lo que me pregunto mientras el sol sigue iluminándome.

    El coaster pasa por aquel puente que el alcalde proclama que estará listo para enero próximo, pero lo único que puedo observar pasando aquel maltrecho puente es ese pequeño caudal de agua, rodeada de árboles con hojas verdosas, casas pintorescas, y a ese árbol cercano bajo el concreto, lo veo muerto, sin frutos, consumidos, me veo a mi en él, sin salvación.

    El chofer hace un movimiento brusco para volver a tomar un atajo, recorre las pistas con aquella velocidad prohibida haciéndonos saltar de nuestros asientos. Logrando que una señora de edad, le grite “Conduce con más cuidado animal” pero no hay palabras que retengan la sed insaciable del hombre al creerse un ser superior. Sin contar los segundos, estrecho mi cabeza sobre el asiento delantero, tratando de recuperarme y recostar mi espalda sobre el asiento

    Pasá, pasá, nomás causa. Gritó el cobrador. Ya, ya puedes girar. Pronuncia, cerrando la puerta de la coaster.

    Con mi espalda sobre el respaldar nuevamente, puedo observar la nueva calle donde estábamos, veo a gente con bolsas entre sus manos caminando felices, conversando, y sacando pequeñas sillas para situarlas en el frontis de sus casas para entablar conversaciones. Veo a señores mayores vestidos de terno, con cigarros entre las manos y entre cada uno de ellos veo a mi abuelo, como si estuviera ahí, preparándose para jugar una partida de naipes, hablando tan criollamente, que me hace desear que aún estuviera aquí. Pero todo sigue avanzando, como esta pequeña coaster, que me lleva algún lado.


    “Aunque quiera mi piel no lo olvida,
    Díganle que sigo enamorada”

    Es lo que suena en la emisora y lo que tararea a todo pulmón la chica de media cola y cole blanco, que se encuentra situada un asiento más adelante.  El chofer, al que cariñosamente he denominado “Irresponsable” da un giro más logrando pasar una esquina, otra y a lo lejos veo un parque lleno de niños, felices cómo esa edad se los permite, felices como mucho de nosotros quisiéramos ser. ¿Qué daríamos nosotros por tener un poco de su felicidad?

    Irresponsable vuelve a frenar en seco logrando que mi cabeza choque aún más fuerte que la primera vez sobre el asiento delantero; entre mi consiente e inconsciente distingo los murmullos, intentando recuperarme, tratando nuevamente que mi espalda se recueste sobre el asiento; cuando el grito más fuerte y agonizante retumba en mis oídos.

    Irresponsable recuesta su rostro sobre aquel viejo timón cubierto de un forro blanco, mientras que el cobrador se encuentra desaparecido de la coaster. Por primera vez en todo el viaje, busco hablar con alguien, para saber qué es lo que sucede, pero todos los rostros se encuentran anonadados.

    ¿Qué hiciste? Grita, logrando que me pare de mi asiento y camine lo más cercana al conductor. ¿Qué hiciste? vuelve a gritar con desesperación. Un paso más, doy un paso más y a través del parabrisas, veo a un pequeño niño tendido sobre el pavimento sangrando.



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